Inteligencia Artificial y desinformación: la ficción acaba de bajar de precio

La pasada semana escuché la conversación entre el historiador Yuval Noah Harari y el periodista del Financial Times Tom Parker. Anoté varias ideas que no consigo quitarme de la cabeza, porque no habla del futuro, habla de lo que ya está ocurriendo delante de nosotros. Es el conflicto entre realidad y ficción, y une dos términos que están definiendo esta época: Inteligencia Artificial y desinformación.

La ficción siempre fue más barata que la verdad

El argumento de Harari es sencillo. La verdad es cara: «Si quieres saber la verdad sobre cualquier cosa, necesitas invertir mucho tiempo, energía y esfuerzo en buscarla, verificarla e investigar». Muy cierto, lo puedo asegurar, pues práctico esa búsqueda incansablemente casi a diario. La ficción, en cambio, «es baratísima: escribes lo que quieras». La verdad, además, tiende a ser complicada —«y a la gente no le gustan las historias complicadas»— y muchas veces resulta incómoda, incluso dolorosa. La ficción puede fabricarse tan simple y tan halagadora como se quiera. Por eso, concluye el historiador, en la competición entre una verdad cara, compleja y a veces dolorosa, y una ficción barata, simple y aduladora, la ficción tiende a ganar.

Esto no es nuevo. Lleva siendo cierto desde que los seres humanos contamos historias. Lo que ha cambiado con la IA generativa es la escala: si escribir una mentira ya era barato, hoy producir un vídeo falso, clonar una voz o inundar una red social de contenido sintético cuesta céntimos y minutos. La IA no ha inventado la mentira. La ha industrializado.

Los editores más importantes del mundo no tienen nombre

Hay una segunda idea en la charla que me parece aún más profunda, porque señala algo que casi nadie ve. En el siglo XX, los editores eran las personas más poderosas del paisaje mediático: decidían qué historia abría el periódico y, con ello, de qué hablaría un país entero. Harari recuerda un detalle histórico que estremece: Lenin fue editor del periódico Iskra antes de dirigir la Unión Soviética, y Mussolini llegó a dictador de Italia desde su puesto de periodista y editor. Controlar la agenda informativa siempre fue una antesala del poder.

Y entonces lanza la pregunta clave: «¿Quiénes son los editores más importantes del mundo hoy? ¿Cómo se llaman? No tienen nombre, porque son algoritmos». Los sistemas que deciden qué vemos al abrir el móvil cada mañana ya no son personas con cara, despacho y responsabilidad editorial: son modelos de recomendación que optimizan nuestra atención. Lo grave no es solo que la ficción se haya abaratado: es que el sistema que decide qué vemos se ha vuelto invisible.

Harari lo conecta con algo más: la democracia es, en esencia, una conversación —la dictadura es un dictado—, y esa conversación a gran escala solo existe gracias a las tecnologías de la información, del periódico a internet. Cada vez que esas tecnologías cambian de manos o de naturaleza, tiembla el edificio construido encima. Quien controla los filtros de la conversación, controla la conversación.

Inteligencia Artificial y desinformación: esto ya está sucediendo

No hace falta imaginar escenarios de ciencia ficción. Durante el Mundial de fútbol de este verano, existió una oleada de deepfakes: vídeos falsos de la presidenta de México «cancelando» el torneo, audios fabricados del presidente de la FIFA insultando a los aficionados y un vídeo de Shakira apoyando esa cancelación inexistente que superó las 538.000 visualizaciones. Ninguna de esas piezas era real, aunque todas circularon como si lo fueran.

El segundo ejemplo es más serio todavía. En el conflicto entre Estados Unidos e Irán, el Reuters Institute de la Universidad de Oxford analizó cómo las imágenes generadas con IA espesaron el ambiente de la guerra: una imagen satelital fabricada de un supuesto radar estadounidense destruido rozó el millón de visualizaciones. Pero lo más inquietante fue el efecto contrario: cuando aparecieron imágenes reales de un ataque contra una escuela, muchos las descartaron creyéndolas generadas por IA. Una experta de la organización WITNESS lo llamó «colapso estructural de la confianza en el contenido auténtico».

Ahí está el doble daño de esta era: creemos lo falso y, a la vez, empezamos a dudar de lo verdadero. Cuando todo puede ser mentira, la propia realidad pierde su ventaja competitiva.

Recuperar el criterio: qué podemos hacer empresas y personas

¿Y qué hacemos con esto quienes dirigimos empresas, equipos o proyectos? Porque este no es un debate reservado a filósofos y plataformas globales: una pyme, por qué no canaria, puede amanecer cualquier día con un audio clonado de su gerente o una reseña fabricada circulando por WhatsApp. Mi propuesta pasa por tres frentes. Primero, verificación como proceso: acordar en la organización qué fuentes consideramos fiables y qué comprobamos antes de compartir o decidir. Segundo, transparencia: etiquetar el contenido que generamos con IA —algo que, además, la normativa europea ya exige en varios supuestos— y hacerlo aunque nadie nos obligue, porque la confianza es el activo más difícil de reconstruir. Y tercero, formación del criterio: entrenar a nuestros equipos, y a nosotros mismos, para convivir con contenido sintético sin perder el norte de lo real.

La paradoja es exigente: cuanto más barata se vuelve la ficción, más valiosa se vuelve la verdad. Y la verdad, como todo lo valioso, requiere inversión: tiempo, método, ética y personas dispuestas a sostenerla.

Harari no pide apagar la tecnología, y yo tampoco. Pido que no deleguemos en un algoritmo sin nombre la decisión de qué es real. Que la herramienta trabaje para nuestro criterio, y no nuestro criterio para la herramienta. Esa es, hoy más que nunca, la frontera que separa una sociedad informada de una población que vive, sin saberlo, dentro de un relato fabricado.

¿Cuándo fue la última vez que dudaste de un contenido… que te daba la razón?

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